BOLIVAR, "TODO LO NUESTRO VIENE DE TU VIDA APAGADA(Eligio Damas)

Bolívar, “todo lo nuestro viene de tu vida apagada” Eligio Damas En Canto a Bolívar, Pablo Neruda o Nepalí Reyes Basoalto, dice: “Todo lo nuestro viene de tu vida apagada. Tu herencia fueron ríos, Llanuras, campanarios, Tu herencia Es el pan nuestro de cada día Padre.” Bolívar nos dejó un ansia inagotable de libertad y una inmensa fe por la justicia. Un proyecto político por realizar y unas tareas que ahora más que nunca nos reclaman atención. Aquel visionario y tenaz ejecutor, no está muerto; su vida “apagada”, como dijese el aeda chileno, toma brillo, luz intensa cuando los pueblos levantan sus puños y agitan sus pechos. Pues su herencia está allí y “es el pan nuestro de cada día”. En la guerra civil española, en el frente de Madrid, le conoció el poeta, “En la Boca del Quinto Regimiento”. “Padre, le dije, ¿eres o no eres o quién eres? Y mirando al Cuartel de la Montaña dijo; despierto cada cien años cuando despierta el pueblo”. Para Orlando Araujo, poeta y muchas otras cosas para las que le sobró talento y sensibilidad, nacido en Trujillo de Venezuela: “Bolívar jamás tuvo un caballo: tiene un pueblo. Uno tenía y era de color de trigo y se lo regaló a José Martí. Cuando murió Martí se lo regaló a un argentino y el Argentino a un chileno y el chileno a un jinete que venía de Nicaragua, y el jinete de Nicaragua no lo desensilló”. Cinco veces más que Aníbal, Alejandro y Napoleón juntos, caminó el caraqueño sobre el planeta. Y su caballo, incansable como el héroe, al “culo e` hierro”, como le llamó Miguel Acosta Saignes, uno de nuestros más destacados historiadores, espada y estandarte, le ayudaron a sembrar la semilla de un sueño que, ahora en estas circunstancias, los pueblos que despiertan, no para volverse a dormir sino para continuar la lucha, están preparados y dispuestos a hacerlo realidad. Porque el caballo color de trigo, que el jinete de Nicaragua no desensilló, anda galopando y tragándose los vientos y detrás suyo, saliendo de los rincones, mogotes de la sabana, fábricas, barriadas, marchan hombres y mujeres, niños y hasta ancianos que forman multitudes. Al jinete, a quien uno no tiene por qué verle la cara, lleva las mismas intenciones. Este Bolívar, nos dejó una herencia es vital, como dijese Neruda. Nos legó la idea que para nosotros, el progreso y la independencia estaban -¡y lo están!- ligados a la unidad más amplia del pueblo hispanoamericano. Y es razonable pensar así, si tomamos en cuenta que para 1824, en la convocatoria del Congreso de Panamá, dijo que era “tiempo ya que los intereses y las relaciones que unen entre sí a las repúblicas americana, antes colonias españolas, tengan una base fundamental que eternice, si es posible la duración de estos gobiernos”. También lo dicho por Don Pedro Gual en 1821, durante las gestiones que hacía a favor del Congreso de Panamá y por claras disposiciones de Bolívar: “No debe formarse simplemente sobre principios de una alianza ordinaria, para ofensa y defensa; debe ser mucho más estrecha”. “Es necesario que la nuestra sea una sociedad de naciones hermanas, separadas por ahora y en ejercicio de su soberanía por el curso de los acontecimientos humanos; pero unidas y poderosas para sostenerse contra las agresiones del poder extranjero”. Y en la “Carta de Jamaica” (1815), Bolívar había dicho: “Es una idea grandiosa pretender formar de todo el Mundo Nuevo una sola nación con un solo vínculo que ligue sus partes entre sí y con el todo. Ya que tiene un origen, una lengua, unas costumbres y una religión, debería, por consiguiente, tener un solo gobierno que confederase los diferentes estados que hayan de formarse”. En los juicios y opiniones del Libertador y de Don Pedro Gual, citados anteriormente, hay cuatro (4) cosas muy importantes: un llamado a la unidad; que esta se consolide entre “las antiguas colonias españolas”; la aspiración de un gobierno para todas ellas y que esa unidad tuviese propósitos más allá de una simple “alianza ordinaria de ofensa y defensa”. También queda claro, como se dejó entrever en el documento de Cartagena, que la confederación continuaba siendo para Bolívar, un objetivo estratégico, pues la propuesta centralista estaba sujeta a unas relaciones determinadas que debían cambiarse y a una estrategia de guerra; por eso insiste en decir en que América hispana debe marchar hacia la formación de un “solo gobierno que confederase los diferentes estados que hayan de formarse”. Es pues obvio que Bolívar aspiraba a unificar a la América hispana bajo una confederación; por eso es reiterativo al decir que en esa unidad deben participar todas las “antiguas colonias españolas”. Además, en la “Carta de Jamaica” dice, “Los americanos no somos más que simples consumidores. Se prohíbe el cultivo de frutos de Europa y se nos impide la creación de fábricas que la misma península no posee, los privilegios exclusivos del comercio hasta de objetos de primera necesidad”, y continúa, se crean “trabas entre provincias americanas, para que no se traten, entiendan y negocien”. Estas referencias textuales al pensamiento bolivariano nos llevan a destacar que el Libertador manejaba un vasto proyecto político-económico que implicaba la unidad política de América Latina y la integración de sus respectivos mercados; por eso, Don Pedro Gual, un vocero autorizado, dijo en 1821, que no debía ser una simple alianza de ofensa y defensa; “debe ser mucho más estrecha”. Sabía bien Bolívar, como lo supieron los americanos del norte, que las políticas de libre cambio, alentadas por los ingleses primero y luego los estadounidenses, sólo favorecían a quienes tuviesen capacidad de acudir al mercado en condiciones ventajosas. Eso que los economistas modernos han dado en llamar “ventajas competitivas”. También supo que la actividad económica de nuestros pueblos sería rentable en la medida que pudiesen ampliar sus mercados naturales y hacerse difíciles de avasallar por economías foráneas. Estas cosas comenzó a aprenderlas en la historia antigua, en la del pueblo norteamericano y en la nuestra. Supo de las experiencias de Grecia y Macedonia, pueblos de cuya historia tanto gustaba hacer referencias, particularmente de la unidad nacida del Istmo de Corinto y de la más reciente del pueblo norteamericano y sus relaciones con la economía inglesa. También entendió que el crecimiento y desarrollo de nuestras economías, y la amplitud de nuestros mercados para ese fin, estaban sujetos a la meta de la unidad. La unidad no era para él un objetivo en sí mismo, sino una propuesta política para impulsar a partir de ella, con el respaldo de un Estado fuerte, un proyecto económico que nos salvase y que poca resonancia tenía entre los grupos dirigentes de las nuevas repúblicas. Se lamentó Bolívar, que el régimen hispano no dejase que nuestras provincias comerciasen entre sí e insistió que la unidad americana debía ser entre “las antiguas colonias españolas”; porque sólo así, bajo la perspectiva del proyecto económico global, tenía sentido el llamado a la unidad. Y porque ese gran Estado hispanoamericano, con el proyecto económico uniforme y coherente, sólo se explica para protegernos del gigantesco proyecto que iba tomando cuerpo en el norte del continente. Bolívar, por la experiencia que tuvo y su enorme acuciosidad supo que América hispana dispersa, dividida en veinte y tantas repúblicas de economías débiles y por el carácter altamente competitivo del capitalismo y las propuestas de libre comercio, estaba expuesta al estancamiento en sus relaciones con la economía norteamericana; por eso dijo: “Estados Unidos parece estar condenado por la providencia a plagar a América de miseria en nombre de la libertad”. Por todo lo anteriormente dicho que envuelve el proyecto de Bolívar, por lo que América nuestra todavía puede y debe hacer, inspirada por él, su gloria guerrera, el jinete de Nicaragua no desensilló el caballo y: “Tu pequeño cadáver De capitán valiente Ha extendido en lo inmenso Su metálica forma”.

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