LOS CINES DEL BARRI0 (Ciro Bianchi Ross)

Los cines de barrio Ir al cine de barrio era todo un paseo. Un verdadero acontecimiento. Una puerta a la aventura. Era como cuando a uno lo “tocan” hoy como un viaje al exterior. El lugar más cosmopolita de la comunidad, aunque estaba a la vuelta de la esquina. Aparte de la película, uno iba a ver y a que lo vieran. Los caballeros, por lo que se podía presentar, se peinaban ese día con Glostora y se cepillaban bien los dientes con los polvos de San Agustín que sacaban brillo y mataban los olores, y las señoritas, para mejorar su aliento, entraban a la sala con un paquetico de pastillas de violeta o de ramitas de canela, mientras que los niños se conformaban con los besitos de chocolate, aquellas miniaturas de las que era posible echarse de golpe el paquete entero en la boca. Muchos noviazgos se tejieron en aquellos cines y se destejieron. Se hicieron muchas promesas que desembocaron en matrimonio. Y se tramitó más de un adulterio. Invitar a la esposa al cine de barrio y llevarla luego a comerse un pastelito y tomarse un refresco en la cafetería de al doblar, eran gestos que se agradecían y recompensaban. Si se convidaba a la novia, había que disponer también de dinero para la entrada y la merienda de la inevitable chaperona que acompañaba a la pareja. El cine de barrio era el mejor antídoto para el aburrimiento de las tardes de domingo. Era el lujo del pobre. El pobre de entonces escogía entre dos salidas: iba al cine de barrio o, de noche, se conformaba con comprar con los ojos en las vidrieras de las grandes tiendas. Luego, si se lo permitía el presupuesto, se zampaba un cucurucho de maní y bebí una tacita de café de tres centavos y volvía a su casa a dormir. Chaplin, en la pantalla grande, no era el mismo de los pedazos de película con los que en la televisión armaban La comedia silente. Era más potente, en el cine, el chorro de voz de Jorge Negrete. Podían contarse las lágrimas de Sara García en aquellos dramones mexicanos que tanto gustaban, las muecas de Gardel se apreciaban mejor y Sarita Montiel lucía más apetitosa y encamable. Los cartones eran en colores y no en blanco y negro como en la TV. Los espadachines se batían de verdad y parecía real el monstruo de la Laguna Negra. Aunque la Comisión Revisora de Películas las clasificaba estrictamente por edades ---las había para mayores de 12, mayores de 16 y, excepcionalmente, para mayores de 21--- no se descartaba la posibilidad de alguna que otra escenita subida de tono en una cinta no prohibida, sin contar que con eso de la edad se podía engañar al portero o el portero se dejaba engañar. Aislado en la sala oscura, el espectador vivía su propia película. En los cines de barrio, por lo general, las butacas eran de palo, carecían de alfombras y, si bien no tenían aire acondicionado, el sistema de ventilación mantenían en su interior un ambiente fresco y agradable. Había cines de barrio con mala fama y otros que eran frecuentados por las familias. Esa fama se las daba, como norma, más la gente que lo frecuentaban que las película que exhibían. En algunas salas, la programación eran “sicalíptica”, por no decir pornográfica, Y en otros era pornográfica con todas las de la ley. En todos, los precios de la entrada estaban acordes con la época, y subían o bajaban con ella, si bien tendían a incrementarse. En 1949, la papeleta en un cine como Cervantes, en Lamparilla y Compostela, era a treinta centavos para los hombres y veinte para las mujeres de lunes a viernes y también los domingos. Esos precios, para los hombres, se incrementaban los sábados después de las seis de la tarde, cuando debían pagar cuarenta centavos por la entrada. En cines como San Francisco y Victoria, en Lawton, la entrada era, ya en los años 60, de cuarenta centavos de viernes a domingo, sin distinción de sexo. Existía en muchos cines lo que se llamaba El dia de damas, en el que los mujeres no abonaban la entrada siempre que acudieran acompañadas de un caballero. Y pagaba la entrada, por así exigirlo las empresas distribuidoras, todo niño que no fuera de brazos. La programación cambiaba tres veces por semana en aquellos cines. Una era la función de lunes y martes. Otra, la de miércoles y jueves, y otra, la que se ofrecía de viernes a domingo, dia este en que se disfrutaba además de la matiné, que empezaba a la una o dos de la tarde y que incluía cartones, alguna película del oeste, el noticiero, un episodio y un pre-estreno, porque en ellos se exhibían películas que luego de estrenarían en cines de más nivel. En algunas salas se exhibían en la matiné tres películas, más un cartón y una comedia. Si se llegaba a la sala cuando la función aún no había comenzado y las luces estaban encendidas, había música en el cine. En algunos le llamaban la sinfonía, aunque no lo fuese. La función se iniciaba con los anuncios que se proyectaban en pantalla. Carecían de imágenes y eran más bien carteles que anunciaban las ofertas de algunos establecimientos cercanos. Pasaban luego una película llamada de salón ---una producción de bajo costo--- seguida por algún episodio o material de cortometraje, el noticiero, los avances de las películas que e exhibirían más adelante y finalmente el pre-estreno. Tanta oferta por tan poco dinero. Eran los centavos mejor pagados del mundo. -- Ciro Bianchi Ross cbianchi@enet.cu http://wwwcirobianchi.blogia.com/ http://cbianchiross.blogia.com/ Reply Reply All Forward

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