EL OTRO ASALTO Y COMBATE DEL 26 DE JULIO DE 1953(CUARTEL CARLOS MANUEL DE CESPEDES , BAYAMO)

Por: José M. Presol Muchas veces me han pedido dos cosas: 1) Hablar del “26” y 2) Desmitificar o, mejor dicho, poner en su justo lugar, a muchos “héroes de la revolución”. Del “26” hablaremos en esta ocasión y otras. Sobre los “héroes”, pues le ha tocado el turno a Ñico López y su papel ese día. Se habla mucho del Asalto al Moncada, pero menos del realizado, paralelamente, al Cuartel Carlos Manuel de Céspedes, en Bayamo y que, dentro de la gran desorganización e inexistencia de planes lógicos, se plantea como el único con cierta visión estratégica, pues su fin, aparte del control de la ciudad, era, en una segunda fase, el dominio sobre los puentes del Cauto, cortando cualquier posibilidad de llegada, por tierra, de refuerzos militares a Santiago. Por supuesto que no se consiguió el control sobre el Cauto, no se consiguió el control sobre Bayamo y… no se consiguió el control sobre el Cuartel. Y no se consiguió contra todo pronóstico. Aquí, al contrario que en el Moncada, existía una superioridad de los asaltantes mayor de 2 a 1, la guarnición estaba totalmente fuera de toda situación de alarma y buena parte disfrutaba de permiso para pernoctar en su casa o para irse a los Carnavales de Santiago, se disponía de una descripción exacta del acuartelamiento y hasta dibujos (hechos por Abel Santamaría y Renato Guitart) y el grupo atacante disponía de algo que es el sueño de todo militar: la sorpresa. ¿Qué falló? Pues aquí es donde entra Ñico López. Empecemos por decir que Ñico no era el jefe, ni mucho menos. Esa responsabilidad recaía sobre Raúl Martínez Ararás y Gerardo Pérez Puelles. No se les menciona en esa posición de mando, salvo que la “combinen” con el nombre de Ñico, por una razón muy sencilla: ambos, junto con Orlando Castro, anunciaron públicamente, nada menos que en 1955, que no continuaban bajo la obediencia a Fidel Castro, pues habían detectado en él grandes tendencias dictatoriales. No todos los cubanos se dejaron engañar. La cosa empezó mal, pues se confiaba en que Martínez Ararás, junto con Elio Rosette, que era conocido en el Cuartel, intentarían la entrada “amistosa” por la puerta principal, neutralizando la guardia. Fue imposible pues Rosette simplemente se rajó. Se cambiaron los planes y se pensó en un ataque frontal y otro por la parte trasera, produciéndose primero ese último, pues el Cuartel carecía de pared en esa parte y estaba protegido solamente por dos alambradas y por un viejo truco militar: miles de latas de conserva vacías esparcidas por el suelo y colgando de cordeles. Parece muy elemental, pero es un sistema que facilita que cualquier centinela pueda oír a alguien que intente “colarse”. Aquí es donde aparece la única responsabilidad que puede documentarse sobre Ñico en esta acción: era el encargado de cortar los alambres de ambos obstáculos. También es aquí donde aparece la primera de sus “desventuras”: al “héroe de la revolución” simplemente se le olvidaron los alicates. Lo único que tenía que hacer y… se le olvida la “herramienta”. No había forma de avisar al grupo de la parte frontal que, a esas horas, confiaba en que estuviesen rebasando los obstáculos y se disponían a atacar. Así que hicieron lo único que pudieron: saltar las cercas. El resultado fue provocar ruido con las latas, este ruido alertó a los perros, que comenzaron a ladrar; éstos pusieron nerviosos a los caballos, que empezaron a relinchar y todo eso alertó al centinela que acababa de llegar a su puesto de tomarse un cafecito en la cocina (así de relajada era la situación). Ese soldado hizo un disparo al aire y después varios más, en respuesta a los realizados por los asaltantes (fue herido en una pierna), sus compañeros se despertaron y comenzaron a disparar desde las ventanas de los dormitorios y llegó el jefe de la guardia, el cabo Indalecio Estrada, que, cosa imprevisible, para desgracia de los asaltantes, era nada menos que miembro del Equipo Nacional de Tiro. El resultado fue la retirada general y una nueva “desventura” de Ñico. En su huida fueron hasta el carro en que había llegado y él no dudó ni un instante en ponerse al timón y gritar: ¡Venga, todos arriba! Dio al contacto y el auto comenzó a “toser”, a hacer intentos de arrancar y pararse, avanzar, a saltos, unos pocos metros y terminar en el fondo de una cuneta. El “héroe de la revolución” simplemente tuvo otro olvido: se le olvidó que no sabía manejar. Aún hubo tiempo para otra “desventura” de López. El sargento Jerónimo Suarez, de la Policía, que se encontraba patrullando, al oír los disparos dio orden a su conductor de dirigirse al Cuartel, por la calle José Martí, Ñico ni se percató de la presencia de la perseguidora, pero fue advertido por Darío López García, que estaba a su lado. No estaba cubriendo la retirada de nadie, ni siquiera la suya, pues no habían sido vistos, pero, nerviosamente, disparó y dio en el blanco, matando al sargento. El resultado fueron las represalias contra los detenidos, pues sus compañeros, con la pasividad de sus mandos, quisieron vengar su muerte. Aún quizás puedan encontrarse más “desventuras” de Ñico en otras ocasiones, pero solo recordar otra, un poco más adelante en el tiempo: él fue el “hombre bueno” que los comunistas guatemaltecos, posiblemente siguiendo instrucciones de la Sección Latinoamericana del Kominform, utilizaron para llevar hasta Fidel Castro a un hombre de “características especiales”, llamado Ernesto Guevara.

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